domingo, 13 de abril de 2014

Un rencor peligroso: Sentimiento anti japones en China

En estos días fui con mi amigo Ernesto a una feria de muebles en el Centro de Convenciones de Shenzhen. Mientras recorríamos los stand, me llamó la atención un letrero (que pueden ver en la foto) en que aparece un japonés vomitando sangre y en el cual se lee que los ciudadanos de ese país no son admitidos en ese lugar. En una situación tan masiva y de ribetes estrictamente comerciales -que uno supone que es un ámbito por naturaleza pragmático- me pareció un mensaje, por decir los menos, desconcertante.

Cómo no recordar los carteles del nazismo de comercios en que no se admitían judíos o del apharteid de baños, plazas y otros en que no aceptaban negros. Aunque quizás un tanto exagerada, la comparación da cuenta que esta animadversión no es para nada liviana, al contrario, esconde un rencor purulento siempre palpitante.

Y es que las cuentas que le tienen pendiente los chinos a los japoneses son muy extensas y van mucho más allá del actual problema de soberanía de unas pequeñas islas peñascos llamadas Senkaku. Más bien estos episodios son pequeños "chispazos" de un resentimiento bastante profundo. 

Los problemas entre ambas naciones comienzan a fines del siglo XIX en la primera Guerra Sino-Japonesa que significó para China una humillante derrota ante un vecino que siempre habían considerado menor. Esto debido a que los nipones habían comenzado internamente a engancharse a la modernidad -vease revolución meiji- y a la era industrial, incluido su ejército, mientras que China seguía en su mundo feudal, con emperadores ineficientes y vetustos que mantenían al país en una irremediable decadencia. Esta guerra significó, además, la merma entre otros territorios de Taiwan -el cual China no volvería a recuperar- y su importante influencia en Corea.

Pero si lo anterior es una causa remarcable, el más evidente origen del encono proviene de la segunda conflagración sino-japonesa que ocurrió en el marco asiático de la Segunda Guerra Mundial. En ella, los crímenes cometidos por el ultranacionalista ejercito del sol naciente, en especial durante la ocupacíon de Nanjin en 1937 - que era la capital china en esos años- se cuentan de las más horrendas de la historia humana.

El emperador japonés decidió que los soldados chinos capturados no tendrían el estatus de prisioneros de guerra y, por tanto, podían ser eliminados. Indefensos y desarmados fueron masacrados con armas de repetición automática de a miles al borde del Yangtze. 

Oficiales japoneses hacían concursos de decapitación de civiles que eran celebrados y publicitados. También obligaban a prisioneros a cavar zanjas para luego enterrarlos con la cabeza afuera de manera que pasados los días fueran agonizando mientras el cuerpo se les iba agusanando. Otra variante era hacer pasar tanques por encima de ellos.

Pero lo más recordado fue la violación sistemática de las mujeres civiles chinas, muchas de las cuales luego eran mutiladas, destripadas y asesinadas. Esto se hacía en forma deliberada y sistemática por orden de los mandos superiores. Relacionado con lo mismo, estuvo el uso de las llamadas "damas de confort" que era un eufemismo para la prostitución forzada incluso de niñas pequeñas. Ante amenaza de muerte el ejercito ocupante obligaba a sus victimas a estar al servicio del abuso de los soldados días y noches en condiciones inhumanas que muy frecuentemente les costaba la vida. Se calcula que fueron muy pocas las mujeres de Nanjin que se salvaron de algún tipo de crimen sexual.

A pesar de que existió un tribunal internacional que castigó parcialmente estos hechos, que han pasado 70 años y que ambas naciones han cambiado mucho, el fantasma del pasado sigue penando. Esto debido principalmente a que Japón como Estado nunca ha asumido un reconocimiento robusto y en propiedad de estos crímenes, salvo tímidas y aisladas declaraciones . Peor aun, de tanto en tanto algún político populista llama a revivir las glorias militares del pasado y profundiza deliberadamente el negacionismo. Esta falta de reconocimiento es algo que irrita y moviliza el malestar de los chinos más que ninguna otra cosa.

Hablando con un amigo chino me decía que ya llegará el momento de vengarse de Japón, que la gente de ese país era por naturaleza ciníca y que cuando estallara la guerra el estaba dispuesto a donar su fábrica y todos sus bienes para destruir a los japoneses. Otros muchos me han dicho que justifican esta xenofobia y la apoyan producto de las culpas históricas que recaen en los nipones. 

De tanto en tanto, se producen desórdenes callejeros producto de las escaramuzas de declaraciones entre ambas potencias por el tema de las islas en disputa. En ellos la gente apedrea y trata de dañar símbolos de Japón como comercios, automóviles, restaurantes, por nombrar algunos. No son gran cosa ni muy masivas, pero ocurren.

Estos sentimientos de revancha son profundos y extendidos. Es un rencor que permanece latente esperando reventar en el momento oportuno, por tanto es potencialmente muy peligroso. Sin duda, el desarrollo económico de ambos países y los intercambios comerciales han aplacado parcialmente el problema. Aunque la historia ha demostrado repetidamente que la economía no es un seguro contra el nacionalismo. Sin embargo, una inestabilidad mayor como una crisis económica profunda u otro hecho complejo puede hacerla aflorar fácilmente. Para ello el populismo político de ambos países está al acecho y tiene una herramienta fácilmente manipulable como ya ha quedado probado. 


Nunca se debe olvidar y menos soslayar que el nacionalismo xenófobo ha sido la calamidad que más vidas ha cobrado en la historia de la humanidad. 

viernes, 28 de marzo de 2014

Oto-Chino laringología


Como humilde ser pedestre tengo algunas manías tontas que dañan mi salud. Una de ellas es la costumbre de hurgarme-limpiarme  las orejas con cotonitos (varitas con algodón) exactamente lo que los otorrinos recomiendan nunca hacer. El año pasado una de mis perras salchichas sufrió una infección que debía ser curada aplicándole un líquido en la pata con este tipo de adminículo. Entonces - no sé cómo ocurrió - pero uno de estos ya usado entre las pesuñas de mi mascota quedó mezclado con los limpios y un muy mal día en que decidí hacer mi habitual aseo auditivo, no me fijé y al parecer la infección perruna terminó en mis delicados tímpanos.

Durante algunas noches y en forma creciente desarrollé una terrible otitis que no me dejaba dormir. Enfermarse en China no es un tema menor, ya que las clínicas privadas para extranjeros son impagables -y al parecer por lo que se dice, tampoco son muy buenas- y la otro opción son los hospitales públicos que como todo lo de este país tiene “lo suyo”. Sin embargo, el dolor era ya tan insoportable que tuve que recurrir como sea a la opción dos.

Ya he mencionado que los hospitales chinos son bastante buenos para ser públicos. En Shenzhen al menos son modernos, la atención es oportuna y el precio económico. Esto, eso sí, considerando afecciones menores, como gripes, esguinces, dolencias estomacales, en fin. Pero si el asunto es más complicado y pasa a operación u hospitalización, ya es otra cosa y al respecto se cuentan muchos testimonios de excentricidades y “cantinfleos” hospitalarios que es mejor evitar.

De esta forma, acompañado de mi siempre linda esposa llegamos al centro más cercano, el recién inaugurado Shekou People Hospital. Lo primero que había que hac 
 
er era indicar y pagar  la consulta que uno necesitaba en una ventanilla, en mi caso atención de un Otorrino. Allí además, te entregan una libretita que en el futuro siempre debes portar y contendrá tu historial médico. No deja de ser sorprendente y amigable que un extranjero sea tan bien acogido en el sistema como cualquier nacional, hay cero discriminación al respecto. Y a esto hay que agregar que el estrés idiomático siempre es superado por alguien del mismo hospital o pacientes que se acercan de pura buena voluntad a ayudar.

Luego nos dirigimos donde el doctor en cuestión y aquí ya comenzaron ciertos choques culturales. Llegamos  a una consulta rodeada de decenas de personas que custodiaban la puerta. No había número, llamado, ni orden de llegada, la gente se metía no más. El más vivo se colaba más rápido e incluso cuando estaban atendiendo a un paciente, la gente llegaba, abría la puerta y comenzaba indiferente a hablarle al doctor de sus propias dolencias. Al principio, se reacciona desconcertado esperando que los individuos tomen conciencia civilizatoria y el mundo se adapte a uno. Sin embargo en circunstancias como ésta, debemos asumir que éste es otro planeta y “en Roma, haz como los romanos”. Así, cuando llegamos, nos metimos como todos y cuando entramos la Patty cerró la oficina y puso convenientemente el pie en la puerta para que nadie pudiese pasar ¡Grande mi chica!!!!

El facultativo revisó mi oído con el instrumento pertinente y como sólo hablaba chino se limitó a decir “Bu Hao” o sea la oreja estaba pestilentemente infectada, por lo que me mandaron a la sala contigua con otro médico a hacerme  un tratamiento X. Afuera de dicha sala también funcionaba el sistema de acecho hospitalario pero con una variante remarcable, todos mis competidores y los que salían del lugar lucían molda-dientes en las narices. Al parecer ese especialista por una insondable razón acupunturista, a paciente que entraba le clavaba un palito en cada fosa nasal. Eso naturalmente me puso nervioso y, por cierto, agradecí no haber tenido hora al proctólogo.

Finalmente, logramos entrar y como lo mío era oído me salvé de la perforación. Más aun, todo era muy moderno partiendo con que este doctor sí hablaba inglés y me pudo explicar que tenía un problema muy severo y que me aplicaría una profunda limpieza de oído. Me acosté en una camilla y con una máquina tipo “ecógrafo”  con video incluido, fue limpiando de porquerías todo mi canal auditivo. Me indicó en una receta los remedios que debía tomar y para finalizar me dijo que ahora me correspondía –como es natural-  mi sesión en la sala de láser.

La sala de laser es uno de los lugares más importantes de un hospital chino. Un reciento que fácil debe albergar unas cincuenta personas a cada una de las cuales se le asigna una máquina de tratamiento de led laser para auto-terapia. Me explico: el que tenía antes un molda-dientes en la nariz, ahora debía introducirse una especie de dedo pequeño rojo que le iluminaba la cara como si fuera un “espanta-cuco”. En mi caso, me correspondió ponerme el aparatito en el oído afectado. Fueron 30 minutos “laser-éandome” según la indicación médica. Nadie, pero nadie, se salvaba del penetrante rayo rojo, era de suyo elemental que después del otorrino venía el laser.

Tras esta experiencia,  he preguntado a algunos médicos chilenos y occidentales cuál es el sentido del auto-laser en el tratamiento otorrinolaringológico y me creen loco y  dicen que esto sólo ocurrió en mi imaginación. Lo paradojal es que muchas curiosidades de salud en estas tierras tienen que ver con el enfoque de la medicina china milenaria, pero claramente en la época de la dinastía Ming no existían estas lucecitas. Descartemos que el director del hospital pueda ser un maestro JEDI – por muy inter-planetario que parezca este país. Simplemente, no tiene sentido.

Para terminar me dieron los remedios en el mismo hospital a un precio muy barato. Por un lado me prescribieron antibióticos y por otro, medicina china; o sea hacen un mix de las dos corrientes terapéuticas. Las pastillas chinas son unas cafés con olor muy malo. Bilis de víbora, algas disecadas, plantas medicinales u otras muy comunes en sus compuestos. En esto yo soy exagerado y respetando mucho su rica cultura, no me tomo esas pastillas por nada.

Pues bien, más o menos me mejoré y sobreviví una vez más a mis circunstancias de expatriado en China.
 
 
Niño con moldadientes en la Nariz
 
Su servidor en la gloriosa sala de laser
 
 
 

lunes, 24 de marzo de 2014

Varados en Filipinas Parte 2


Volviendo al relato, le pregunté al guardia que podía hacer, tenía reserva de hotel en Boracay  y qué se hacía en estos casos. Me respondió que la poca capacidad hotelera del poblado estaba rebasada y que mejor fuera a hablar con una de las chicas  de un mesón de turismo local que se movían de un lado para otro, respondiendo mil preguntas y reclamos de la multitud. Ya eran como las 22:00 y veía cómo mucha gente se iba recostando en el suelo para pasar la noche en el hacinamiento total, maldije no haberle creído a las tipas de Kalibo y al menos habernos quedado en esa ciudad que era más poblada y no en esta que fuera del Jeti Port casi no existía. Pregunté a una de las muchachas que podía hacer “lo siento señor, la autoridad cerró el paso a Boracay, recién mañana se sabrá si lo vuelven a abrir”. Le pregunté si entonces efectivamente al otro día lo abrirían “lo siento señor, no lo sabemos pero el tifón golpearía por tres días”. TREEEEEEEESSSSSSS DIAAAAAASSSSS, durmiendo en la pinche estación de ferrys con un mísero baño que ya olía a chanchería. Quedé pálido, las postales de Internet de la paradisiaca Boracay se me derretían en la mente.

En esas circunstancias límites en los seres humanos afloran nuestras grandezas y miserias escondidas. Yo elegí la miseria, me volví un energúmeno, empecé a correr a la gente que se querían acercar a pedir información casi a codazos. Sin importar si iban con o sin guagua o fueran abuelitos con falta de insulina quería que nos solucionaran el problema sólo a nosotros. Le rogué a la muchacha que nos consiguiera un lugar al menos donde dormir, me debe haber visto cara de serial killer porque agarró una lista, tachó a alguien que por turno le correspondía y me dijo que esperara un momento que haría unas llamadas y buscaría por si a caso donde quedarnos. Al rato, el milagro,  volvió y nos dijo que había encontrado una pieza para quedarnos en el pueblo los cuatro pero que sólo era una pieza de dos camas y que si lo tomábamos debíamos acomodarnos donde sea. Miré hacia afuera y seguían llegando buses del aeropuerto de desafortunados turistas. El sitio estaba colapsado por todos lados. “Sí, acepto”.

La chica súper amable nos ayudó a salir del “campo de refugiados”,  nos paró un Tuk-Tuk (moto con carrocería colorida famosa en Asia) subimos las 4 maletas hasta en el techo del débil vehículo y nos subimos como fuera los cuatro más la niña colgando y nos fuimos al hotel. El Andrés, mi hijo de diez años que le gusta mucho la buena vida, cándido me preguntó “¿Cuántas estrellas tendrá nuestro hotel”? “Hijo, con suerte tendrá la punta de una estrella, hay que ir dispuesto a cualquier cosa”- le respondí.

Siendo ya como las 23:00 horas y luego de avanzar varias calles hacia dentro del pueblito, el Tuk-Tuk nos dejó en el “Candice Lucy Hotel”. Un modesto local de material ligero de dos pisos que en el primero albergaba una tienda de venta de arroz al por mayor y en el segundo, un mini hotel. Tenía apenas cuatro habitaciones y era atendido súper amablemente por los mismos del arroz. Nuestra expectativa era bastante baja, pero al abrir la puerta de la habitación estaba híper decente, con aire acondicionado, una ducha pequeñita, súper limpio todo, una tv hasta con cable e incluso Wi Fi. Grata sorpresa. Obvio que el espacio era pequeñísimo para los cuatro, pero como emergencia estaba inmejorable. Además costaba como USD 30 la noche. ¡Nada!!! Las personas de la “administración”, como toda la gente de Filipinas, nos atendieron de maravilla y nos hicieron unos improvisados sándwich para paliar el hecho que ni habíamos cenado.

De noche dormimos perfecto entre cama y colchonetas con la ilusión de poder partir a las verdaderas vacaciones en la mañana. Sin embargo al despertar, el problema se asomó por las ventanas, afuera el bendito tifón había llegado en plenitud.

Tomamos desayuno, o sea dado los recursos limitados del entorno lo mismo que la comida –y claramente ad eternum lo que degustaríamos si nos quedábamos más días-  y además aprendimos que Filipinas era un país con alta inflación; los sándwich habían subido bastante en relación a la noche anterior. Preguntamos a los muchachos arroceros si sabían algo de la apertura del puerto y nos dijeron que aun estaba cerrado y que el mal tiempo demoraría muchos días.

Nos duchamos y partimos con el Ale –mi hijo grande de catorce- con paraguas e impermeable a ver qué pasaba en el puerto. Aprovechamos de conocer con luz el pueblo y sus remarcables sitios de interés: dos calles modestas –no pobres- de estilo asiático, con harto Tuk Tuk multicolor,  mucho barro, tiendas de venta de pollo frito y nada, pero nada más. Al llegar esa mañana al Jeti Port habían arribado infinidad de nuevos buses, todo cada vez peor, el asunto logísticamente era un desastre. Entramos y me acerqué a preguntar al mesón de turismo, me dijeron que la autoridad marina daría un nuevo informe a las 14:00 pero que no se sabía nada.

Al volver pedimos almuerzos -más sándwich de lo mismo- que seguían afectados por la subida de los precios alocada de Caticlan. A esa altura ya no salían tan baratos. Al mismo tiempo los del hotel nos decían que el diluvio estilo Noé jamás amainaría, el puerto de ferrys se cerraría para siempre y que nos quedáramos mejor a vivir en su hotel. El machete al turista es una práctica universal.

Finalmente, antes de las 14:00 de milagro el tiempo mejoró y partimos presurosos al puerto, seguía lloviendo aunque suavemente. Comparado con el día anterior eran unas condiciones meteorológicas muchísimo más complicadas pero la marea humana no daba para precauciones había que despachar a los miles de extranjeros que ya multiplicaban por varias la población total del poblado y quizás la región completa. Nos apuramos para llegar al “Candice Lucy”, pagamos,  aplicar Tuk Tuk,  llegada al Jeti Port. Había una cola interminable para abordar. Cualquier bote servía para meter gente y sacarlos de Caticlan (poco menos que lanzaban con neumáticos a la gente al agua para que nadara) y tomamos un catamarán que en menos de 15 minutos nos dejó en Boracay.

Así concluyó nuestra aventura. A pesar de toda la lata, perder un día de hotel y lo poco agraciado del sector fue una experiencia notable y, con todo, nunca perdimos el ánimo y el buen humor.

domingo, 23 de marzo de 2014

Varados en Filipinas Parte 1

Cuando ya habíamos decidido que el destino de estas vacaciones sería la Isla de Boracay en Filipinas comencé con mi usual compulsión de acumular información del viaje, de manera que casi ningún detalle pudiese quedar al azar. Esto incluye el ticket de avión más barato, buscar hotel bien ubicado y al mejor precio, traslados de aeropuerto a destino, datos, fotos, blogs de viajeros, sitios web, horas y horas de fantasear con el control de  tener todo bien cubierto. Y he aquí que se aplica, una vez más, la frase de nuestro amigo Gio: “Si quieres hacer reir a Dios a carcajadas, solo cuéntale de tus planes”.

En Manila, tomamos el vuelo camino a Kalibo, localidad que marca la ruta más habitual para llegar a nuestro destino, y como ya anticipé, al arribar al aeropuerto yo lo tenía todo planificado. El manual recolectado de Internet decía que había que mirar los puestos de atención ubicados alrededor de la cinta transportadora que ofrecían el traslado conjunto tipo 2x1, es decir, bus hasta el pueblito de Caticlan y desde ahí ferry hasta Boracay, todo operado por la misma empresa. Por ello, tomamos las maletas y nos fuimos prestamente  a comprar los tickets. Pero algo andaba mal, las chicas de los counters como que miraban para el lado, con poco interés de vender pasajes, haciéndose “las locas” o con la boca media chueca como que estaban complicadas. Sin importar lo que a gritos me decía el lenguaje gestual, fui y pedí mis tickets. La canción fue la misma en todas partes “sólo le podemos ofrecer el traslado a Caticlan, pero no el ferry” ¿La razón? Un nuevo tifón azotaba Filipinas (recordemos que hace sólo unos meses tuvieron la tragedia del Haiyan) - “No le aconsejo tomar embarcación alguna, es muy peligroso” - Yo miré al cielo para mi particular evaluación del clima y ni siquiera llovía. Me pareció tan incoherente que no tomé mayor atención y compré no más el bus confiando que en la estación de Caticlan habría gente más sensata y con mejor sentido de predicción meteorológica que estas “alharacas”.

Luego de una hora y media en van, serpenteando la selvática geografía filipina y acompañado de varios turistas -lo que reforzaba mi convicción de que nos habían dado una información errónea o tendenciosa- llegamos al Jeti Port de Caticlan. Era un lugar techado tipo sala de espera en que debían caber unas 200 personas. Pero ¡ohhh, porfiada realidad! Ya había unos 600 turistas que abarrotaban y hormigueaban por el estrecho espacio, las boleterías estaban cerradas y un caos total reinaba en el lugar. Ahí recién entré en razón, las muchachas del aeropuerto no eran tan mensas. Le pregunté a un guardia que custodiaba una cinta de control de equipaje y me ratificó “la autoridad ha suspendido el cruce a la isla por el tifón”.

Acá, un importante paréntesis pues en esto tengo “carrete”… Como diez años atrás nos fuimos de vacaciones en pleno verano chileno a Frutillar, un famoso destino turístico en el sur de mi país, ubicado a orillas del lago Llanquihue. Eran nuestras primeras vacaciones con buen presupuesto como familia después de unos años de vacas flacas. Así que decidimos tomarnos extensas dos semanas, arrendar una linda cabaña a orillas de la playa, ir con nuestra nana para que cuidara a los niños que estaban chiquitos y pudiéramos disfrutar más en pareja, en fin. ¿Y qué resultó? Fiasco total… nos tocó un temporal en que de los 15 días, llovieron 13, con frío y viento más encima, un  episodio climático que no se veía en décadas en esas fechas. Nos pasamos encerrados y neuróticos, los niños estaban hiperquinéticos - eléctricos al no poder salir. Los terminamos llevando casi a diario al cine o a juegos electrónicos tipo flipper en el mall de Puerto Montt, ciudad que queda a bastantes kilómetros de distancia, y a otros malos y poco saludables panoramas indoor…. pésimo.

Y entonces decidimos elegir en el verano siguiente un destino donde el mal tiempo fuera “casi” imposible, nos tomamos también más de diez días en pleno trópico, la afamada Buzios, en Brasil. Mal auspicio, cuando llegamos estaba lloviendo pero no dimos mayor atención era algo normal en aquel ambiente. Mas al día siguiente no paraba la lluvia, nos metimos a un café internet a peguntar el estado del tiempo y el tipo que nos atendió nos contó que por primera vez en el siglo había un temporal tremendo en Brasil que duraría diez días seguidos. Nos mostró las noticias en la TV y se podían ver derrumbes de tierra por la lluvia en Rio de Janeiro, inundaciones, muertos, lluvia, agua y acaba de mundo. Según el pronóstico del tiempo la irracionalidad climática acabaría justo el día que nos íbamos. Yo casi me puse a llorar, era muy “mala pata”. Fue tanto el shock que con la Patty decidimos deliberadamente perder contacto con la realidad  y tomar una actitud autista y altanera  frente el clima.  O sea, mientras se la pelaba lloviendo nos íbamos con nuestras toallas, gorros, baldes para los niños, quitasol, protector solar y todo lo demás a la playa como si fuesen los días más hermosos del mundo, nos bañamos en la playas desiertas e hicimos abstracción casi psicotrópica del sentido común. Los brasileños con parcas y muertos de frio nos miraban como locos.


Meses después me tocó por trabajo ir a Guadalajara y sufrí otros temporales imposibles dignos del
cretácico. Era como las caricaturas de la Pantera Rosa, la nube negra del mal tiempo me perseguía sólo a mí. Luego los dioses entraron en razón, sólo era un mortal anónimo que no merecía tanto castigo y al cabo de cómo 5 años el calentamiento global dejo de ensañarse sólo conmigo.

Continuará....

domingo, 9 de marzo de 2014

Los hijos de Manila


Este año nuevo chino, con sus largos días feriados,  decidimos con la familia ir a conocer Boracay en Filipinas uno de los balnearios y destinos turísticos más famosos de Asia. Para llegar hay que hacer escala en Manila y nosotros somos de esa gente aburrida que piensa que vacaciones no es sólo broncearse al sol sino que aprender de esta oportunidad única en nuestras existencias de poder conocer los lugares, historia y cultura de los países que visitamos. Por ello decidimos quedarnos un par de días en la capital de este país a sabiendas que es un lugar bastante poco mencionado y hasta desdeñado por las recomendaciones de los viajeros.

De entrada me llamó la atención que no fuera una ciudad muy poblada. Me esperaba una  hiper metrópolis como Bangkok pero sólo posee un millón y medio de habitantes. 

Mirada a ojos de un esteticista la ciudad es bien fea. Gris, algo sucia, con mucha construcción a medio terminar, pasos sobre nivel que dejan esas cicatrices de rincones inservibles y oscuros debajo de ellos, muy pobre y con un tráfico áspero, lento e insufrible.  Incluso los lugares más prósperos por ejemplo alrededor de los hoteles cinco estrellas o los edificios modernos de áreas de negocios eran igualmente poco agraciados.  Con todo, que les puedo decir, yo igual la encontré encantadora. Creo que me estoy enamorando del bullicio, el caos, los colores, aromas, la calidez de la gente, y ese “no se qué” que tiene el sudeste asiático.

Tal vez fue por disposición psicológica o exceso de información preliminar, pero emocionalmente Manila la percibí como una ciudad herida y violada, que exhala por los poros que es una sombra de lo que fue.

El lugar fue el centro de la colonización española en Asia que, al fin y al cabo, era el leitmotiv de toda la empresa conquistadora española de la edad moderna. Dicho en sencillo el viaje de Colón fue para encontrar algo así como Filipinas y no América. Dos veces al año zarpaba el famoso e invaluable Galeón de Manila con sus especias, sedas y todo tipo de utensilios de China y Asia en general que luego tocaba México y terminaba en el puerto de Cádiz en España. Para dimensionar su importancia podemos decir que la razón de ser del control de este territorio era básicamente cargar y despachar dicho barco.

Esta Filipinas española se fundó desde 1571 en la zona llamada “Intramuros” que por ende albergó dentro de sus murallas fortificadas los principales edificios coloniales, gobernación, catedral, iglesias, plazas, escuelas, universidades, hogares, la vida cívica. Un tesoro histórico arquitectónico de primerísimo orden en la edad de oro de la conquista ibérica.

Siglos más tarde, en 1898 producto de la Guerra Hispano-Estadounidense los europeos perdieron la soberanía de Filipinas a manos de los ”norteamericanos”. Hasta ese momento el archipiélago tenía las características generales de cualquiera de las posesiones españolas en América es decir, religión católica, idioma español, arquitectura colonial y todo aquello. Hoy, pasado nada más de un siglo –que en términos de historia es muy poco- increíble y tristemente no queda mucho de esa herencia. En el país se extinguió el idioma de la metrópolis, hoy se habla inglés y muchos dialectos (tagalo, en Manila) y sólo quedan de recuerdo los nombres y apellidos de la gente, el de algunas calles, restoranes y lugares varios, y la religión.

Pero lejos lo más grave es lo que ocurrió en Intramuros. Filipinas fue invadida por Japón durante la Segunda Guerra Mundial –vayan tomando nota cuantas veces han sido invadidos- y estos decidieron primero establecer su gobierno ocupando esa zona de la ciudad y luego, para colmo, cuando iban perdiendo la guerra, refugiar sus tropas entre sus sólidas murallas de piedra. Pues bien, dado que el país está bastante lejos de la atención mundial -más aún en esos años- y que les interesaba "un huevo" la herencia cultural española si podían terminar antes la guerra, los "americanos" decidieron bombardear Intramuros completo. Lanzaron más bombas que todas las que cayeron sobre Londres durante el conflicto y pulverizaron, completamente siglos de herencia humana en unos pocos días. Ni les cuento si tuvieron cuidado en proteger la población local, los civiles, familias, niños…a buen entendedor.... Ahora, en las últimas décadas se ha ido de a poco reconstruyendo algo, pero si los antiguos muros son un rompecabezas, ya las cenizas de los tesoros que contenían simplemente se perdieron.

En otra mirada de la ciudad  vale la pena mencionar los niños de Manila. No creo equivocarme al decir que el desarrollo de un país se puede medir visualmente de acuerdo al trato y condiciones en que están sus hijos.

 Recuerdo una hermosa niñita que pedía al medio de la calle -que no habrá superado los siete años- a horas avanzadas de la noche. Al ver que era extranjero se pegó insistentemente al vidrio de mi puerta del taxi en que viajaba para exigir una moneda. Me entraron todas las antiguas dudas -de como diría un izquierdista vetusto "pequeño burgués"- que me generaban en el Chile de antaño si era correcto o no dar dinero a un niño sabiendo que son mandados por sus padres, pequeñas mafias, o quizás qué. 

También recuerdo camino al aeropuerto, en una carretera en que los automóviles no andaban a menos de ochenta kilómetros por hora, cómo un grupo de niños pobrísimos habían hecho suya la berma e incluso un poco más de calle para correr, perseguirse y jugar. Un error de cálculo y era atropello seguro. Me imaginé a una madre -de las que conozco- viendo solo a su hijo acercarse a varios metros de ese riesgo, tomando del pelo al chico y gritándole un sermón que le recuerde no volver nunca a acercarse al peligro. Las de estos niños en cambio, ubicadas  a metros de ellos, los miraban de reojo mientras lavaban en un bandejón central algo en unos baldes.

En Intramuros por su parte, vi a varios grupos de chicos, hijos de pequeños y modestos locatarios, jugar en arterias y veredas. En este caso no había tanto riesgo ya que no transitaba mucho vehículo. Lo más llamativo era cómo ocupaban las calles y al mismo tiempo, el barrio completo como su gran e ilimitado campo de juego. Unos con los pies sucios y descalzos, jugaban a montar un largo palo como si fuera un caballo. Otros corrían de un lado para otro. Qué distinto al mundo híper protegido de nuestros hijos que poco sacan la nariz de su casa por protección. Me quedó dando vuelta que a pesar de los riesgos, ese parque ilimitado debe ser muy pleno y lleno de tesoros y emociones. Y no pude dejar de pensar tampoco, guardando grandes diferencias en mi propia niñez…..

jueves, 6 de marzo de 2014

Sexo Chinese Style


La sexualidad como sabemos es parte y reflejo de la cultura y, por supuesto, un país que en la mayor parte de los asuntos tiene concepciones tan diferentes a nosotros, en este interesante y sabroso aspecto no se podía quedar atrás.

Sin rodeos, partamos hablando de las mujeres por sus partes anatómicas más llamativas para el género masculino, o sea el trasero y/o el busto.  En Occidente, solemos dar bastante más morbo a que una chica exhiba abiertamente sus nalgas a que muestre su delantera. O sea, si la muchacha se muestra sin calzones (bombachas, bragas, tantos nombres), es considerada mucho más osada que una que muestra sus pechos. Esto parece más o menos lógico desde el punto de vista fisiológico, ya que nos suena que existe mucho más intimidad que esconder en la entrepierna. En algunas playas, en Europa y otras, no es raro ver chicas en topless, así como en escenas del cine, TV o en el teatro. El que una actriz no muestre su torso, casi ya ni lo consideramos un desnudo, hasta las “Femen” de Ucrania protestan de esa forma.  Pero claro, cómo no, en China es todo al revés.

En Zhongguo las mujeres suelen usar mini faldas muy pero muy minis; muestran sus piernas hasta bieeeen arriba, pero nunca verás una china con escote. Si pasa una fémina con su mini a la altura del ombligo nadie se da vuelta a mirarla, cero impresión. En Latinoamérica muchos quedarían enamorados, silbando y comprarían flores. En cambio, si aparece una occidental desprevenida mostrando con una blusa o polera su redondez, se detienen todos los chinos a mirarlas con cara de bobos, reciben carterazos de sus novias y pueden detener el transito. Como decía nuestra amiga mexicana, Noemí "acá hacen un escándalo con los pechos, pero anda a ver una china subiendo la escalera, se le ven hasta los riñones".

A un amigo chino le contaba que me era difícil saludar a una chica que fuese mi amiga con mucha distancia como se usa en China, ya que en Chile cuando tenemos a una mujer que nos es cercana le damos un abrazo y un beso. El me miraba desconcertado "¿pero cómo… y así les aprietas sus senos?"

Los chinos no son de piel. La gente se saluda con distancia, a lo más se dan la mano. No existe ni remotamente el beso en la mejilla acompañando un “Hola”. Si besas a una china en la mejilla, esta saca el ramo y el anillo de una. La dejas petrificada, avergonzada y hasta tendrías que casarte en el acto con ella. Las mismas parejas en la intimidad del hogar son bastante poco demostrativas, el contacto, los abrazos y besos existen, pero escasos. Y eso que en esta tierra son más cálidos que en otros lugares de Asia. Una amiga chilena me contaba que en Japón –donde la cosa es aun más fría- le tocó presenciar la llegada del esposo de una chica japonesa a su casa. Pareja joven. El tipo había estado un mes ausente por negocios  Abrió la puerta, sonrió, saludó a lo lejos y se fue a la pieza.

Respecto a lo anterior, en China ocurre a menudo que las parejas se casan y luego no viven juntas. Por trabajo, el hombre se va para una ciudad y la mujer para otra. Y no es raro incluso que el bebé que tengan luego sea enviado donde los abuelos en una tercera locación. Este mismo esquema ocurre en una pareja ya de años, si es que especialmente al marido le ofrecen un trabajo atractivo en una ciudad diferente a su hogar, aunque quede lejos y le signifique no ver a su familia, muchas veces lo aceptan. En consecuencia, vale la pena preguntarse cómo funciona el tema de la fidelidad.

La china es una sociedad básicamente machista, en evolución, pero muy machista al fin. Y muy avanzado el siglo XX aún se daba el sistema de concubinato, o sea un hombre con dinero podía tener a su esposa y varias mujeres como sus segundas, repartidas ojalá en diferentes ciudades. Hoy eso no es legal y ha cambiado de forma, pero de alguna manera sigue existiendo. Es bien sabido que un señor de dinero tiene a su mujer oficial y segundas o terceras esposas con la aceptación o no de aquella por la cual se caso por la ley.

También aunque no sea público está muy claro que hay todo un mercado sexual para los varones. Principalmente con la fachada de masajes que está masificada en cada esquina, muchos de ellos ofrecen desde un “final feliz” hasta “feliz feliz” con la chinita toda para el consumidor. A eso hay que sumar gran cantidad de clubes nocturnos, karaokes y prostitución callejera. Por tanto, resulta imposible pensar que una mujer que sabe que su pareja vive en otra ciudad y con tamaña tentación le va a ser fiel. Más bien parece algo asumido y casi por derecho.

Lo que viene a ser muy interesante producto del desarrollo económico es lo que está ocurriendo con las esposas oficiales y las extra-oficiales de estos “business man” cuando ellos están ausentes, o sea casi todo el tiempo. Además de asistir al gimnasio, el spa, salón de belleza, compartir con las amigas, o lo que sea, cada vez es más común que tengan un amante y al menos en ciertas zonas más cosmopolitas si éste resulta ser occidental, fornido y joven, tanto mejor. Y lo muestran con algún nivel de soltura a sus camaradas así como “mira lo que me agarré”. Bien por la igualdad de género y por aquel nuevo rubro que habrían encontrado algunos “laowais”. Al fin y al cabo cada uno sabe a lo que se dedica.

De todas formas todo esto no es muy evidente, está más bien oculto y no es un tema para hablarlo en la sobremesa, pero sin duda es popular y masivo. Como en muchas culturas el real comportamiento sexual tiene dosis de doble estándar también en China.

domingo, 2 de marzo de 2014

El dilema de elegir escuela en China


Para los extranjeros con hijos que viven o quieren mudarse a China, un tema muy importante desde el inicio es el de las escuelas. Como casi todos queremos que nuestros niños obtengan esa difícil combinación de que aprendan y sean felices, añadiendo el que aprovechen estos años para aprender inglés, chino y la cultura local, esta tela tiene mucho paño que cortar.

Partamos por los precios – y hablo sólo de mi conocimiento de Shenzhen y Guangzhou - un colegio privado internacional, esto es para extranjeros expatriados, no cuesta menos de 1200 dólares mensuales, muchos, USD 1500  y no pocos, USD 2000 por niño. El pago es semestral o trimestral “cash” y en adelantado, nada de cuotas, cheques o demases. Sus tarifas se reajustan anualmente y con una inflación no menor al diez por ciento. Claramente están pensadas para gente sin conciencia del dinero -marcianos- y como esos seres no existen, sólo los que no tienen más alternativa o las empresas transnacionales que envían a sus ejecutivos con sus familias a tamaña aventura son los que  pagan. Con esos valores incluso en mi querido “Chilito” educo como a cinco hijos y logro que mi perro hable arameo. ¡Si!!! Es de locos… ¡carísimo!!! La ventaja es que el niño o muchacho se encontrará en un ambiente diseñado para él, con compañeros que viven su misma realidad, clases en inglés y si no tiene el idioma, lo nivelan con paciencia. Además, en orden a las características de sus pupilos, la introducción del idioma y la cultura local se maneja con gradualidad.  Estas escuelas están acreditadas mundialmente lo que permite que cuando vuelvan a sus países puedan continuar los estudios en su mismo nivel. Las hay con currículum estadounidense, inglés, canadiense, francés, japonés, coreano, etc.

¿Qué tienen en contra además del precio? Que son verdaderas burbujas de niños extranjeros más o menos “bien”, reforzado con  el hecho de que no admiten a estudiantes chinos (la ley no lo permite) lo que aisla aun más a los estudiantes del entorno en que están viviendo.

Luego, está la alternativa de colegios privados chinos con curriculum en inglés. Una escuela así vale entre 1000 y 600 dólares mensuales y también debe ser pagada al contado. Los niños que asisten a ella son mayoritariamente chinos aunque muchas tienen una importante minoría de chicos extranjeros que no pudieron o no quisieron pagar las internacionales.

Yo diría que como todo en la vida tienen de luz y de sombra. Lo bueno, pueden llegar a mezclar muy bien la disciplina y rendimiento oriental con la creatividad y visión más panorámica de Occidente. Además, permite a los niños compartir con chicos locales que serán la mayoría de su curso lo que los inserta y los aleja de vivir en “ghettos”. Las clases de chino son de verdad por lo que aprenden muy bien el idioma. Lo malo, tampoco son baratas sino todo lo contrario y exponen a los pequeño, aunque sea parcialmente, a los aspectos menos graciosos y luminosos de la cultura oriental y china en particular que me da pie para pasar a la alternativa tres.

La tercera opción naturalmente es que los niños estudien en un colegio chino de currículum estatal. En este caso los precios son razonables como usualmente ocurre con los de su tipo en el mundo. Muchas familias que he conocido valoran el hecho que en estas escuelas esté garantizado que los chicos se comporten bien que la exigencia sea oriental o sea extremadamente exigente y que la obediencia sea vertical y muy estricta.

En base a la experiencia recogida y la de muchos amigos y conocidos me atrevo a decir que para la mayor parte de los occidentales resulta imposible imaginar a nuestros hijos estudiando en un colegio chino tradicional. Más aun, me atrevo a decir que es quizás el aspecto en que la brecha y choque cultural es más profundo.

Comenzando con lo idiomático, las clases son impartidas en chino Mandarín, un lenguaje muy difícil de asimilar. En vista de esta barrera sólo niños bastante pequeños que tienen una capacidad muy grande de aprendizaje -propia de su edad-  pueden aspirar a integrarse no sin dificultad. Pero entre más grande sean se le hará más difícil o derechamente imposible.

 Luego está la concepción educacional de oriente. En China las escuelas son tremendamente exigentes. Se educa no para aprender solamente sino para ser el mejor. Se asume que los niños en edad escolar deben vivir para estudiar. Es tanto así que usualmente los niños siguen yendo a la escuela también los sábados y domingos a reforzar materias o bien tienen actividades extra programáticas como asistir a un instituto de inglés, clases de piano o diferentes deportes. Pero todo esto,  no con un fin recreacional sino derechamente competitivo para ojalá ser un campeón o un gran virtuoso de la disciplina seguida. Por tanto el que inscribe a su hijo en una escuela china para que este sea “feliz”, se desarrolle  emocionalmente en armonía con la naturaleza, y otras vainas de corte humanista tan propia de nuestro hemisferio… que quede claro, eso aquí no existe. Trabajo duro es la consigna.

Respecto a la disciplina, esta tiene el aspecto positivo que los niños chinos se comportan perfectamente bien en clases y van a ella con el clarísimo y casi único fin de estudiar, cuestión que nos resulta increíble en nuestros países donde se mezcla la educación con lo social, los alumnos solo quieren salir a recreo y todo el sistema está en crisis de identidad y metodología. Sin embargo, dicha disciplina no es nada gratis, ya que se sustenta en premisas como el que los directores y los profesores son seres todopoderosos que simplemente hacen un traspaso de conocimiento a una audiencia sumisa. Un niño no debe jamás cuestionar a su maestro. Si lo hace genera efectos culturales graves en China como dañar el face (algo así como el honor-imagen) del maestro. Este asunto lleva a que sea de público conocimiento que en muchos países asiáticos los niveles de eficiencia sean los más altos del mundo, pues el modelo genera por así decirlo “buenos soldados”,  pero la creatividad e iniciativa se ven gravemente dañadas. Esto es evidente al punto que en el mercado laboral se requieran profesionales extranjeros en las áreas en que se precisa cierto talento.

 Respecto a lo anterior, es muy común ver en patios de escuelas que dan a la calle a los niños en formaciones militares ensayando marchas y canciones, mientras alguna autoridad les habla por micrófono o megáfono dándoles arengas, haciendo un discurso o una exaltación patriótica. Está permitido (socialmente, no por ley) castigar a los niños incluso físicamente en el aula. A pesar de que va comenzando cierta retirada en esto, aún es muy común que los profesores golpeen a los niños. Es totalmente válido que se usen ejemplos de reforzamiento negativo como decir “ustedes en esta prueba mostraron ser grandes alumnos no como Pedro que es un tonto”. Nuevamente, esta situación es - como dicen los argentinos - bien difícil de bancar cuando nuestra concepción educativa es bastante liberal y no marcial.

 Otro gran y complejo asunto es el de los regalos. Se usa mucho que los padres le hagan obsequios a los profesores, lo que parece a simple vista muy amable y normal. El problema es que muchas veces si no reciben presentes de determinado niño éste se puede ver apartado y no tomado en cuenta por el profesor. En palabras más duras, el regalo puede funcionar como una verdadera competencia de soborno para buscar que el maestro le preste más atención” a mi hijo que a los otros”.

Ahora, no quiero con esto cometer el grave error de plantear que nuestra educación es maravillosa y estos chinos están locos y equivocados. Quizás ellos haciendo un análisis parecido vean nuestras escuelas y digan cosas tan evidentes como: para qué van a la escuela los niños laowais si sólo molestan y se quieren ir de allí todo el tiempo; o critiquen la existencia de cigarrillos y drogas; o muchas otras cosas más en que al menos estamos complicados. Por lo demás es cosa ver de revisar la prueba de rendimiento internacional PISA y ver donde están los estudiantes orientales y los latinoamericanos. Simplemente digo, volviendo al inicio que en la situación de tener que buscar colegios en China para nuestros hijos resulta muy difícil que aceptemos el tipo de educación local porque es muy, demasiado, diferente con nuestros usos culturales.