miércoles, 23 de julio de 2014

Los chinos se bastan a si mismos: Zhongguo

Zhongguo- cultura china, Reflexiones sobre china, artículos sobre china
Zhongguo es el nombre con el que los chinos denominan a su nación, lo que traducido al español significa “el reino del centro”.  Pocas veces una denominación puede ser tan certera, pues los habitantes de esta tierra - para bien o para mal - históricamente han actuado como si fueran “el centro” del planeta con mucha independencia mental y cultural con lo que ocurre afuera.

 “Los objetos extraños y costosos no me interesan. Si he ordenado que se acepte el tributo enviado por usted, Rey, fue solamente en consideración al espíritu que lo incitó a despacharlo desde tan lejos. La majestuosa virtud de nuestra dinastía ha penetrado en todos los países bajo el cielo, y los reyes de todas las naciones han ofrendado sus valiosos tributos transportándolos por tierra y por mar. Como vuestro embajador puede apreciar por sí mismo, nosotros poseemos de todo. Yo no doy valor a los objetos extraños o ingeniosos, y no tengo uso para los productos de vuestro país”.

Así respondía el emperador Quian Long al envío de una misión del Imperio Británico del rey Jorge III a China, a fines del siglo XVIII que buscaba ansiosamente aumentar su poderío y concesiones comerciales. Para congraciarse con el regente de China, el monarca inglés despachó  barcos completos con regalos que recibieron tamaño portazo de desprecio. La razón de fondo: China no necesita del y los extranjeros.

Otro ejemplo muy significativo es que cuando la dinastía Qing en la segunda mitad del siglo XIX debió verse enfrentada al poderío militar del Imperio Japonés y de Occidente, pensaron que la tradicional grandeza del país y su visión de que eran magníficos frente a los bárbaros del Oeste y sus hermanos pequeños nipones bastarían para derrotarlos y contenerlos. China llevaba largos años de atraso industrial, pero la ilusión ancestral de superioridad los obnubiló. Las sucesivas derrotas calaron como una grave humillación que pagarían con costosas cesiones territoriales, significaría la caída del imperio y la necesidad de transformación completa de la sociedad.

Luego, la construcción del modelo socialista si bien recogió la experiencia soviética del Stalinismo, con Mao en los años sesenta abandonó el internacionalismo y comenzó a actuar con total independencia de lo que ocurría fuera de China. Posteriormente, con Deng Xiaoping y en un giro virtuoso se generó un modelo de comunismo capitalista insólito, aunque exitoso y en muchos sentidos  incomprensible que perdura hasta hoy. Y para coronar el camino trazado luego de las crisis económicas internacionales de los últimos años la economía se ha volcado deliberadamente hacia el mercado y el consumo interno después de décadas en que el foco fundamental fueron las exportaciones.

Otra muestra de está especificidad autárquica es el manejo de la política exterior que se ha regido desde hace décadas por criterios radicalmente pragmáticos.  Un ejemplo que nos toca de cerca es que mientras  en el Chile de Pinochet se asesinaba y torturaba a los miembros del partido comunista y otros afines, China mantenía espléndidas relaciones bilaterales con la dictadura, el mismo Mao reconoció rápidamente al régimen militar chileno -primer país socialista que lo hacía- luego vinieron ventajosos créditos y continuas visitas de autoridades a Chile.  Lo mismo ocurre hoy en África un área de poderosa y creciente influencia económica y geoestratégica para China. Da lo mismo que gobiernos como Sudán o Guinea Ecuatorial y muchos otros sean repudiados por la comunidad internacional y las ONG de derechos humanos. El gigante asiático mira hacia el lado y respalda y negocia ventajosamente con quien sea.

En otro plano, hoy en día es común leer o escuchar en la prensa internacional críticas al régimen de partido único, a la carencia de libertad informativa, a la censura de Internet o a la falta de elecciones libres, por citar algunos. Todos ellos son valores que comparto plenamente y considero universales, pero ¿qué piensan los chinos? Pues bien en su mayoría les importa un “huevo”. Viven en un auge económico prolongado que les ha hecho hiper-quintiplicar su ingreso en treinta años pasando de situaciones de hambruna a un franco camino hacia el desarrollo. Trabajan y estudian compulsivamente y  “la gran política” les es indiferente. Igual que en Rusia, jamás han experimentado la democracia… Transcurrieron desde los emperadores tradicionales, al emperador rojo Mao y, luego, al milagro chino. Por tanto, no añoran ni comparan tampoco. El comentario más típico de sus habitantes es que “la democracia no funcionaría porque son demasiados y los chinos por su personalidad caótica que es regulada por el Estado, generarían caos y desorden”. Habría que ver qué ocurrirá cuando llegue aquel día en que inevitablemente producto de los ciclos naturales del capitalismo, se desbanque el crecimiento material. En todo caso, los valores republicanos como tantas veces ha demostrado la historia no se impone por la fuerza y deben ser los mismos chinos quienes decidan su futuro y su forma de organización.

Particularmente, respecto a la censura es sabido que están cortados redes sociales, como YouTube, Facebook, Google, Twitter y blogs extranjeros. Los medios informativos en general no funcionan -salvo excepciones- o están intervenidos. Para Occidente esto representa comúnmente una muestra de la mano opresora del Estado sobre los civiles. Sin embargo ¿qué dicen los chinos nuevamente? Y otra vez a las inmensas mayorías les importa “un huevo”. Su industria informática es una de las más desarrolladas del mundo y sus portales y app las más utilizadas del planeta. En vez de YouTube tienen Youku;  en vez de Facebook tienen Weibo;  en vez de Skype tienen QQ;  en vez de Twitter tienen Wechat y así, una larga lista que incluye el monstruo de ventas por Internet Taobao que es un eBay chino y mucho más. Son sus propias redes sociales, blogs y sistemas de comunicación que son tan sofisticados y amigables que hace rato los tradujeron al inglés y ya crearon versiones internacionales de muchos que están en proceso de expansión. Nuevamente en esto - como en todo - se autoabastecen, se contentan y se satisfacen a sí mismos.

Llevado al terreno de las mentalidades, los hijos de Zhongguo y su sociedad viven piensan y sienten en este mismo esquema de introspección. Desde lo más cotidiano y básico hasta lo más fundamental,  se auto perciben como diferentes y únicos  frente al resto del mundo.

Partamos con la fisiología. Tienen su propia medicina que se basa en la relación del organismo con los cinco elementos de la naturaleza. Poseen sus propios medicamentos y tratamientos que mezclan o no con la medicina occidental. Esto no se trata de una cuestión familiar o de creencia popular. El inmenso sistema de salud hospitalario completo sigue y se rige en estos preceptos.

Lo curioso es que los chinos consideran que los occidentales tenemos un cuerpo diferente a ellos y que aquellas cosas que a ellos les hace daño a nosotros no. Por ejemplo, yo soy fanático del lychee que es un fruto delicioso autóctono de este país, cuando llega mediados de año suelo comer en forma compulsiva unos grandes potes de ellos. Esto para los chinos es casi un suicidio pues este fruto es un alimento del elemento fuego lo que hace que consumido en grandes dosis puede provocar hasta la muerte. La explicación para que no me pase nada es que no soy chino y, por tanto, mi organismo es diferente y me salvo de quemarme por dentro.

En este mismo sentido tienen unas prácticas con respecto al parto y post parto únicas. Para ellos luego de la gestación comienza una cuarentena de un mes o zuo yuezi, en que las mujeres deben quedar en un estado sagrado de reposo  en que casi no se pueden mover, ni tomar sol, no se deben bañar ni lavar el pelo, leer ni ver televisión, sólo deben ingerir alimentos calientes,  alimentar al bebé y hacer casi nada más. De todo lo demás debe ocuparse la suegra que se traslada a vivir a su casa.

Es interesante constatar también la forma en que los chinos viajan. Es sabido que hoy por hoy el turismo chino es el objeto de deseo de las agencias internacionales. El aumento del ingreso per cápita está permitiendo que decenas de millones de ellos puedan por primera vez conocer el mundo exterior.

La forma en que desarrollan dicho turismo es también muy particular y coherente con lo que vamos contando. Van en tours cerrados, marcados o uniformados,  con un guía-traductor con banderita desde el aeropuerto al regreso al país. Se mueven todos juntos para todos lados, protegidos y protegiéndose, al comer no suelen probar los platos locales, el guía los lleva a un restaurant chino de comida verdaderamente china. El contacto con el país es el mínimo, casi como si fuera un asomo a la ventana o un documental del lugar donde están más en vivo que por una pantalla gigante. Son tan propios de Zhongguo que muchos no se hayan ni se sienten seguros de estar fuera si es que no vivir como adentro.

Lo mismo ocurre con los estudiantes chinos que pueblan cada vez más las universidades del mundo especialmente Australia, Nueva Zelanda, Europa y América del Norte. Para los padres chinos de clase media alta y, derechamente, ricos es indispensable enviar a sus hijos a estudiar a los mejores sitios del mundo y que aprendan buen inglés. La adaptación de estos muchachos es en muchos casos tortuosa, el choque cultural es inmenso y se aplaca nuevamente en la búsqueda de ellos mismos para formar comunidad.

Incluso para muchos empresarios chinos con no pocos recursos viajar al extranjero no es gran panorama y cuando lo hacen van sólo por negocios y rara vez a conocer más allá. Van a las ferias, a la reunión y se vuelven sin mayor interés.

La auténtica comida china –no la de los restaurantes de nuestros países- sigue el mismo patrón, por ella los chinos sienten un gran orgullo. Sus características son radicalmente diferentes a los sabores y preparaciones del resto del mundo, incluso de otros países orientales y limítrofes como Tailandia, India, Corea o Japón. Sin calificar su calidad –a mí en lo personal no me gusta - puedo decir que para los extranjeros constituye en general una barrera. La cocina por más baladí que se la pueda mirar es también reflejo de la cultura y en línea con lo descrito aquí.

En síntesis, a pesar de la modernidad y la globalización de la cual China es actor principal, el país sigue un patrón de siglos y quizás milenios de introspección cultural, sin perder la hebra del progreso.  Desde todos los planos pareciera ser que efectivamente los chinos se bastan a sí mismos.

jueves, 29 de mayo de 2014

El Cuento del Lago

China para la mayoría de los extranjeros representa un lugar de paso y no un destino para echar raíces. Los expatriados trasladados por sus compañías y quienes somos independientes sabemos que nos toca cumplir un tiempo tras el cual viene el regreso.

Es difícil definir qué aspecto hace que sea un hub solo de paso, considerando tantas ventajas: la gente es amable, el lugar más o menos agraciado, buena seguridad y - antes de las leyes migratorias del año pasado - bastante fácil de establecerse. Quizás el choque cultural en un sentido muy profundo sea lo que más influye. A la larga, como siempre digo, a pesar de que en la superficie los chinos producto de la globalización y la vida urbana parecieran parecerse a nosotros, en las aguas interiores de los valores, las prioridades, la mentalidad, la familia y las estructuras culturales, en general nos separa un océano de diferencias.

En contraste, los extranjeros que vinimos del otro lado del mundo solemos buscarnos para acompañarnos, compartir y sentirnos parte de un "algo" que no está acá, pero que todos portamos. Como trozos de tierra que cargáramos y al unirlos con el otro forjaran  - por momentos - la imagen de nuestro remoto paisaje. La tierra y las raíces afloran fuera del país mucho más fuerte y necesaria.

Esa complicidad y necesidad de compañía no se da sólo entre latinos, aquí hemos hecho también buenos amigos franceses y norteamericanos. Puedo decir experiencialmente que la cultura occidental no es sólo una entelequia de académicos.

Y así como nos aferramos, luego no nos queda más que despedirnos. Temporada a temporada, los que triunfamos, fracasamos, nos trasladaron, o lo que sea,  hacemos nuestras maletas. Pasar por este increíble territorio siempre será una experiencia para contarles a los nietos. Es cosa de escuchar los sin sentido que habla de China la gente de nuestros países que nunca ha estado o comprendido lo de acá para entender que a pesar del mundo de las redes sociales y la instantaneidad de todo, este sigue siendo un lejano y recóndito Oriente. Y en ese sentido, la experiencia compartida con los amigos, aquellos que nos vamos o nos quedamos, siempre será memorable para toda la vida.

Que difícil para los niños que hicieron su grupo de amigos con otros chicos extranjeros. Los adultos ya cargamos con ex novias, amigos y personas que pasan con luces y cariño por nuestra historia. Y sabemos no sin nostalgia aceptarlo. Pero para los hijos que viven más intensamente y que tienen un corazón con menos rayas, les cuesta asumir cómo se marchan sus amigos y con ellos las cosas y proyecciones de lo que planeaban hacer y compartir. Les pega duro y, sin duda, aprenderán de eso.

Termino con un cuento chino que me contaron una vez en Hangzhou:

Un joven dragón que solía pasear por las montañas, un día descubrió un hermoso lago del cual se enamoró. Desde esa vez a diario, solía con frecuencia acercarse a su orilla a mirarse ya que actuaba como un gran espejo y, por tanto, podía tener el curioso privilegio de observarse. Al paso del tiempo a veces lo acompañaban allí sus amigos, sus amores, sus hijos, su familia. Muchas veces no iba a verse sino que simplemente jugaba, construía o trabajaba alrededor, pero consciente o no, el agua lo seguía reflejando. Con los años, la imagen del lago lo fue capturando niño, adulto y, por fin, anciano. Y fue así que inevitablemente de viejo se fue quedando ciego y, por ello, amargamente se quejaba de que nunca más podría volver a contemplarse en su adorado lago. Ya muy debilitado, un día se hizo de fuerza por última vez. Por la costumbre de la repetición pudo contar los pasos que lo ubicaran nuevamente en la orilla. Agachó la cabeza incrédulo y, de pronto, lo impensado... más brillante y nítido que nunca pudo ver su reflejo y con él, retenida en las aguas, estaba también la imagen de todos aqu-ellos que alguna vez amó y acompañaron.

martes, 27 de mayo de 2014

Tropiezos en Beijing Parte II


Volvíamos cansados con mi padre de visitar el Palacio de Verano en Beijing, recorrriendo a pie una de las principales arterias aledañas a la plaza de Tian An Men, buscando un lugar para comer antes de llegar al hotel. 

En medio del denso hormigueo de gente, propio de un barrio comercial con muchos mall y negocios, íbamos desprevenidos andando por un boulevard. De pronto nos aborda una pareja. "Hi, nice to met you! Where are you from?" Él era un muchacho chino de unos 26 o 27 años, peinado cool, ropa elegante pero casual, con un pañuelo cruzado al cuello y una chaqueta estilo europeo café apropiada para el clima otoñal. Ella se veía más joven, de tez blanca bien guapa y también vestida de frío, pero con mucha gracia.

“De Chile”, les respondimos. "Ahhhh! Chile, el país más largo del mundo desde donde China importa cobre. ¿Y buen vino el chileno, no?" "...y cuéntennos ¿cómo fue ese terremoto?" El tipo hablaba un perfecto inglés y se veía -dado que Chile es casi un accidente en el mundo- que era bastante culto e informado.

Y así nos siguió hablando de cuándo habíamos llegado, qué nos había parecido China, qué habíamos visitado, etcétera, etcétera. Y nosotros le seguíamos más menos la conversación respondiendo el cuestionario.

Le pregunté si eran novios, "no sólo somos amigos", "ella no habla mucho inglés". Me pareció extraño que mientras él se veía seguro y canchero, la chica se notaba nerviosa y constantemente desviaba los ojos alrededor como testeando si venía alguien, sonriendo con incomodidad. 

El muchacho nos siguió interrogando sobre miles de cosas muy amistoso. Sin embargo, algo raro percibí. Era excesiva cordialidad e interés para unos desconocidos. Claramente no éramos los únicos turistas que habíamos pasado por Beijing. Lo de Marco Polo fue hace ya hartos siglos. Entonces salí jugando, les dije que había sido un gusto conocerlos y que ya nos marchábamos. "Pero no se vayan sigamos compartiendo, qué tal si vamos a tomar unas cervezas a un bar que conozco por acá cerca". 

Miré a mi padre y él me la devolvió con expresión que eligiera yo. Ellos eran bien magnéticos e interesantes. Se veían cosmopolitas muy por encima del promedio chino. La chica seguía sonriendo, tratando de agradar pero con sus pupilas enfocando nerviosa por ambos flancos. Yo dudé qué hacer. Me sentía mal de rechazarlos pero por otro lado evidentemente el asunto era curioso. "No gracias estamos cansados hemos recorrido todo el día el palacio de verano". Insistió: "¿Pero, cómo? Queremos conocerlos y conversar, a ella también le agradan mucho".  Nos fuimos despegando con amabilidad, pero más firmeza. El tipo no paraba de insistir. Al último nos miró con cara de desprecio y nos dijo algo enojado en chino que no comprendimos naturalmente.

Me sentí muy contrariado y con cargo de conciencia de haberlos rechazado, quizás había sido descortés y me había derrotado la paranoia. Nos íbamos con mi padre discutiendo de todo ello,  habíamos avanzado un par de cuadras y de pronto nos paran: "Hi, where are you from?" "¿Do you speak Spanish, right?" Era un par de chinas altas, guapas y muy bien vestidas. Luego de responderles, "Ohhh! Chile el país del vino y el cobre...." Y siguieron cual Wikipedia contando detalles de Chile. Hablaban también perfecto inglés y eran demasiados amistosas.  "¿Qué tal si vamos a tomar un café a un lugar que conocemos acá cerca?"

Era casi el mismo discurso, el mismo aspecto cosmopolita y nivel de inglés, insólito conocimiento del país y, lo más raro, interés desmedido en nosotros como si fuéramos gran cosa. "No gracias estamos cansados", les repliqué. "Pero ¿por qué? Si vamos sólo un rato así practicamos nuestro inglés y compartimos con ustedes que se ven tan simpáticos". Yo les repliqué que muchas gracias, pero que definitivamente no y ahí se acabó la cordialidad y se alejaron con un "Fuck you!" "Poor loosers and stupid guys!" Mi padre me dijo coqueto "a estas sí que les debimos haber aceptado el café" y se rió. Y eso que tenía 77 años.....

Yo por mi parte estaba con la mente perturbada y desconcertado por la coincidencia de los dos casos y al mismo tiempo violentado por los finales abruptos y medio agresivos. 

Y seguimos adelante unas cuadras más. Y otra vez siento a mis espaldas un nuevo "Where are you from?" Me doy vuelta y otra pareja sonriente y a la moda. Ni les respondí agarré a mi padre de un ala, y a ritmo de trote, tomamos como pudimos un taxi y al hotel.

Luego y hasta hoy he analizado qué pudo ser. Claramente no fue una coincidencia. ¿Prostitución? Con el muchacho queriendo ofrecer a la amiga y, más tarde, las chicas ofreciéndose ellas mismas. Pero por el aspecto no parecía comercio sexual. Excepto que por alguna razón en esta calle hubiese sido más sofisticado.

También he pensado que pudo ser un "cuento del tio" o sea que llegados al café nos inventarían una historia dramática de enfermedad, tragedia y desgracias para sacarnos dinero u otro truco que nos haría despertar en una bañera llena de hielo con un riñón menos.

Vaya a saber uno, aun sigo desconcertado de lo ocurrido. He buscado historias similares por Internet y nada. Claramente no fue nuestro desodorante ni que por fin el mundo decidió que Chile es el lugar más fascinante de la galaxia ¿Alguien tiene una hipótesis? ¿A alguno más le ha pasado? 

jueves, 1 de mayo de 2014

Tropiezos en Beijing


 
Beijing es una ciudad muy interesante desde el punto de vista que se la quiera mirar: político, cultural, artístico, turístico etc. La plaza Tian An Men, la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano, la Gran Muralla China  son algunos de sus tantos atractivos imperdibles y notables. Vale con creces la pena visitarla y re- visitarla. Yo he ido tres veces y siempre me quedo con gusto a poco.

Pero como una de mis máximas es que “lo bueno es menos atractivo y divertido que lo bizarro”, acá les cuento algunas aventuras de lo difícil que también puede ser esta urbe ancestral.  Y es que Beijing, como toda gran capital, es una ciudad compleja. Aunque es segura, considerando que al igual que en toda China es difícil que se presencien robos o actos delictuales comunes, es quizás unos de los lugares del país que requiere más advertencias hacia el turista.

El principal riesgo es el clásico abuso hacia el extranjero, visto por algunos locales como una “bolsa de dólares” más que como ser humano. Y si para que suelte los “verdes” hay que recurrir a las artes del engaño, pues bien, ocurren “cosas” desde las más burdas hasta a las más sofisticadas.

Los taxis, por ejemplo, son del terror. Hay pocos y en muchas ocasiones cuando subes quieren eliminar el taxímetro y cobrar lo que les dé la gana. Unas cuantas veces, especialmente de noche me han –y a muchos como yo-  hecho bajar de los autos por no estar dispuesto a pagar la cantidad disparatada que piden por un trayecto corto. Algo bastante molesto en horarios cuando el Metro ya ha cerrado, porque no hay alternativas y las distancias no son caminables. En algún lugar me contaron que constituyen una verdadera mafia y que su escasez se debe a presiones del gremio que no dejan entrar más actores de manera de poder manejar las calles a su antojo. Por ello, si alguien está planificando su viaje a Pekín, le recomiendo andar en Metro mientras pueda y aunque sea muy congestionado. Ahora, si hay presupuesto o en caso de visitas grupales, mi sugerencia es contratar un chofer de día completo, lo cual  - dependiendo del número de personas con que se ande - puede ser incluso más económico que el taxi.

Un timo más sofisticado es el que me tocó hace unos años y comenzó así….

En abril de 2011, en un viaje con mi padre, tomamos un tour hacia la Gran Muralla China desde nuestro hotel. El bus nos pasó a buscar a tiempo y una joven guía china llamada Sally que hablaba un correcto inglés nos hizo subir. A continuación fuimos a recolectar a más visitantes de diferentes hoteles, para luego partir a nuestro destino. En el trayecto, la chica con un micrófono en mano contaba interesantes historias, anécdotas, bromas, hacía preguntas, en fin. Todo muy lúdico, típico y relajado.

Más tarde, llegamos a Mutianyu que es la subida más tranquila y orientada a los extranjeros para acceder a la muralla, con una linda ascensión en teleférico. Allá, también todo perfectamente organizado. El lugar bien mantenido, las vistas espectaculares, hasta el día estaba hermoso. Subimos y bajamos los altos escalones milenarios, recorrimos los fuertes intermedios y nos tomamos fotografías como todo turista. Impecable e inolvidable.

Ya de vuelta al bus con todos los pasajeros exhaustos y felices, Sally nos recordó que el tour incluía una ida a un lugar especial donde nos harían un masaje de pies oriental. Nada mejor de acuerdo a la exigencia física del paseo.

Y ahí comenzaron de a poco los problemas…. Eran como las 17:30 de la tarde y el tour debía terminar a las 18:30.  El camino a los masajes demoró hora y media o sea esta segunda actividad suplementaria comenzó pasada la hora que se debía acabar todo. Lo curioso es que muchos pasajeros le dijeron a la guía que estaban preocupados por la hora porque tenían otras actividades planificadas y, sin embargo, ésta les insistía que llegaríamos pronto, cuestión que no era efectiva. Por “alguna razón”, querían que a todos nos amasaran gentilmente los pies. Además, para ello cruzaron toda la ciudad siendo que hay SPA de masajes casi en cada esquina.

Finalmente y con la gente un tanto inquieta, llegamos al Centro Olímpico de Medicina Natural de Beijing - no recuerdo exactamente el nombre - pero era un edificio extenso con muchos pasillos, adornados con fotos deportivas que rememoraban momentos de las Olimpíadas que se habían celebrado en el 2008. Allí, nos hicieron pasar a una gran sala repleta de cómodos sofás individuales. Debemos haber sido unas cuarenta personas. Ya estando todos sentados, de pronto se presenta ante nosotros la directora general del centro que hablaba idioma laowai y nos habló de la importancia de la medicina china, desplegó un mapa de reflexología y nos indicó, como es bien sabido, que según ellos cada parte del pie representa un órgano interno del cuerpo humano que cuando es masajeado se estimula en su beneficio. Todo hasta ahí aceptable. Luego, entró el doctor Chan, “eminencia” jefe de los médicos supremos chinos que hizo otro speech en chino que debió ser traducido. Más tarde, el doctor Wong, especialista parasicólogo “orientalista” que también se explayó; el doctor Mo jefe, experto de la China interplanetaria que aportó y así, sucesivamente, no paraban de entrar uno tras otro, puros “híper destacados médicos chinos”. Todos los cuales se llevaban un, cada vez, menos entusiasta aplauso. Y la cosa se alargaba y alargaba, sin sentido.

Por fin, terminado el extenso preámbulo se anunció el masaje en sí y entró un ejército de chinos y chinas de blanco con una cubeta de agua tibia para depositar y relajar nuestros pies. El masaje duró sólo quince minutos, cuestión decepcionante y sin sentido, ya que normalmente debe ser de al menos cuarenta y cinco minutos. Pero bueno, el masaje fue y yo que tengo bastante experiencia en el tema, pues regularmente acudo a estos centros de reflexología, puedo decir con propiedad que los muchachos que nos atendieron sabían tanto de masajes en los pies como de literatura contemporánea en esperanto. Simplemente ¡¡¡mal!!

Mientras éramos “masajeados” las eminencias médicas chinas en sus blancas batas hipocráticas se detenían con cada uno de  nosotros dedicándonos su preciado tiempo para examinarnos. Nos tomaban y revisaban las manos y los pies. Sin pedirlo, nos entregaban un concienzudo diagnóstico ayudado por varios traductores. Escrutada mi palma con la línea de mi vida, el facultativo llegó a la conclusión de que tenía el hígado en estado putrefacto y si no me preocupaba de ello podía caer muy pronto postrado gravemente. Pero no me debía preocupar porque afortunadamente él lo había descubierto y por la magia de la medicina china me  curarían al poco tiempo. Entonces, extrajo su lápiz, anotó en una libretita la receta y me entregó dos cajas de comprimidos de vaya a saber uno de qué.  Su valor era de 3000 yuanes, algo así como 350 dólares (de la época), las dos cajitas. Y aunque aparentemente el valor era altísimo para un par de remedios, claro,  la vida de uno lo vale más. Sin embargo, yo decidí arriesgar la mía y rechacé el consejo médico, adivinando qué es lo que estaba pasando.

Miré a mi alrededor y los señores médicos y sus intérpretes lograban, de tanto en tanto, que algunos de los extranjeros asustados extrajeran sus billetes de a montones para pagar los milagrosos remedios. Otros se veían más que molestos.

Tras una hora eterna, la sesión terminó y fuimos subidos una vez más al bus que nos dejaría en nuestros respectivos hoteles. Mientras avanzaba, la gente comenzó a comentar y dilucidar lo recién ocurrido. Resulta que todos los que íbamos en ese vehículo estábamos desahuciados, éramos prácticamente almas en penas, zombis, una amalgama coincidente de enfermos incurables y terminales. Hígados descompuestos, cáncer, leucemia, riñones pulverizados, huesos barquillos, corazones a punto de dar su último latido. No importaba la juventud de algunos, todos y cada uno teníamos cavada nuestra tumba. Claro está, salvo el puñado de personajes que compró los comprimidos dos veces más caros que el mismo tour.

Hubo personas que pasaron un gran  susto y aún permanecían pálidos de la impresión, como un señor canadiense que estaba a nuestro lado. Su señora de origen hongkonés no podía más con su indignación. Nos contaba que el caballero recién había salido en su país de una riesgosa enfermedad real y que el diagnóstico del personaje del centro olímpico lo había perturbado.

Para colmo eran ya cerca de las 20:00 y el bus no avanzaba debido a que había un tráfico horrible, totalmente previsible y típico de la ciudad. Mucha gente tenía reserva de espectáculos o habían quedado de juntarse con otros amigos o familiares a comer y ya se había pasado la hora. A esa altura ya nadie sonreía con Sally. Entre la sensación de estafa y la inexplicable tardanza, los ánimos estaban crispadísimos. Unos gringos del fondo la comenzaron a increpar de forma agresiva, ella les respondía nerviosa y sin argumentos. Otros pasajeros exigieron que el bus se detuviera y tomaron Metro porque ni soñábamos estar cerca de la zona de hoteles. Claramente la alegría del paseo a la muralla se había diluido.

Y así termino este extraño día. Espero pronto contarles otra más que nos ocurrió en la capital política de Zhongguo.

domingo, 13 de abril de 2014

Un rencor peligroso: Sentimiento anti japones en China

En estos días fui con mi amigo Ernesto a una feria de muebles en el Centro de Convenciones de Shenzhen. Mientras recorríamos los stand, me llamó la atención un letrero (que pueden ver en la foto) en que aparece un japonés vomitando sangre y en el cual se lee que los ciudadanos de ese país no son admitidos en ese lugar. En una situación tan masiva y de ribetes estrictamente comerciales -que uno supone que es un ámbito por naturaleza pragmático- me pareció un mensaje, por decir los menos, desconcertante.

Cómo no recordar los carteles del nazismo de comercios en que no se admitían judíos o del apharteid de baños, plazas y otros en que no aceptaban negros. Aunque quizás un tanto exagerada, la comparación da cuenta que esta animadversión no es para nada liviana, al contrario, esconde un rencor purulento siempre palpitante.

Y es que las cuentas que le tienen pendiente los chinos a los japoneses son muy extensas y van mucho más allá del actual problema de soberanía de unas pequeñas islas peñascos llamadas Senkaku. Más bien estos episodios son pequeños "chispazos" de un resentimiento bastante profundo. 

Los problemas entre ambas naciones comienzan a fines del siglo XIX en la primera Guerra Sino-Japonesa que significó para China una humillante derrota ante un vecino que siempre habían considerado menor. Esto debido a que los nipones habían comenzado internamente a engancharse a la modernidad -vease revolución meiji- y a la era industrial, incluido su ejército, mientras que China seguía en su mundo feudal, con emperadores ineficientes y vetustos que mantenían al país en una irremediable decadencia. Esta guerra significó, además, la merma entre otros territorios de Taiwan -el cual China no volvería a recuperar- y su importante influencia en Corea.

Pero si lo anterior es una causa remarcable, el más evidente origen del encono proviene de la segunda conflagración sino-japonesa que ocurrió en el marco asiático de la Segunda Guerra Mundial. En ella, los crímenes cometidos por el ultranacionalista ejercito del sol naciente, en especial durante la ocupacíon de Nanjin en 1937 - que era la capital china en esos años- se cuentan de las más horrendas de la historia humana.

El emperador japonés decidió que los soldados chinos capturados no tendrían el estatus de prisioneros de guerra y, por tanto, podían ser eliminados. Indefensos y desarmados fueron masacrados con armas de repetición automática de a miles al borde del Yangtze. 

Oficiales japoneses hacían concursos de decapitación de civiles que eran celebrados y publicitados. También obligaban a prisioneros a cavar zanjas para luego enterrarlos con la cabeza afuera de manera que pasados los días fueran agonizando mientras el cuerpo se les iba agusanando. Otra variante era hacer pasar tanques por encima de ellos.

Pero lo más recordado fue la violación sistemática de las mujeres civiles chinas, muchas de las cuales luego eran mutiladas, destripadas y asesinadas. Esto se hacía en forma deliberada y sistemática por orden de los mandos superiores. Relacionado con lo mismo, estuvo el uso de las llamadas "damas de confort" que era un eufemismo para la prostitución forzada incluso de niñas pequeñas. Ante amenaza de muerte el ejercito ocupante obligaba a sus victimas a estar al servicio del abuso de los soldados días y noches en condiciones inhumanas que muy frecuentemente les costaba la vida. Se calcula que fueron muy pocas las mujeres de Nanjin que se salvaron de algún tipo de crimen sexual.

A pesar de que existió un tribunal internacional que castigó parcialmente estos hechos, que han pasado 70 años y que ambas naciones han cambiado mucho, el fantasma del pasado sigue penando. Esto debido principalmente a que Japón como Estado nunca ha asumido un reconocimiento robusto y en propiedad de estos crímenes, salvo tímidas y aisladas declaraciones . Peor aun, de tanto en tanto algún político populista llama a revivir las glorias militares del pasado y profundiza deliberadamente el negacionismo. Esta falta de reconocimiento es algo que irrita y moviliza el malestar de los chinos más que ninguna otra cosa.

Hablando con un amigo chino me decía que ya llegará el momento de vengarse de Japón, que la gente de ese país era por naturaleza ciníca y que cuando estallara la guerra el estaba dispuesto a donar su fábrica y todos sus bienes para destruir a los japoneses. Otros muchos me han dicho que justifican esta xenofobia y la apoyan producto de las culpas históricas que recaen en los nipones. 

De tanto en tanto, se producen desórdenes callejeros producto de las escaramuzas de declaraciones entre ambas potencias por el tema de las islas en disputa. En ellos la gente apedrea y trata de dañar símbolos de Japón como comercios, automóviles, restaurantes, por nombrar algunos. No son gran cosa ni muy masivas, pero ocurren.

Estos sentimientos de revancha son profundos y extendidos. Es un rencor que permanece latente esperando reventar en el momento oportuno, por tanto es potencialmente muy peligroso. Sin duda, el desarrollo económico de ambos países y los intercambios comerciales han aplacado parcialmente el problema. Aunque la historia ha demostrado repetidamente que la economía no es un seguro contra el nacionalismo. Sin embargo, una inestabilidad mayor como una crisis económica profunda u otro hecho complejo puede hacerla aflorar fácilmente. Para ello el populismo político de ambos países está al acecho y tiene una herramienta fácilmente manipulable como ya ha quedado probado. 


Nunca se debe olvidar y menos soslayar que el nacionalismo xenófobo ha sido la calamidad que más vidas ha cobrado en la historia de la humanidad. 

viernes, 28 de marzo de 2014

Oto-Chino laringología


Como humilde ser pedestre tengo algunas manías tontas que dañan mi salud. Una de ellas es la costumbre de hurgarme-limpiarme  las orejas con cotonitos (varitas con algodón) exactamente lo que los otorrinos recomiendan nunca hacer. El año pasado una de mis perras salchichas sufrió una infección que debía ser curada aplicándole un líquido en la pata con este tipo de adminículo. Entonces - no sé cómo ocurrió - pero uno de estos ya usado entre las pesuñas de mi mascota quedó mezclado con los limpios y un muy mal día en que decidí hacer mi habitual aseo auditivo, no me fijé y al parecer la infección perruna terminó en mis delicados tímpanos.

Durante algunas noches y en forma creciente desarrollé una terrible otitis que no me dejaba dormir. Enfermarse en China no es un tema menor, ya que las clínicas privadas para extranjeros son impagables -y al parecer por lo que se dice, tampoco son muy buenas- y la otro opción son los hospitales públicos que como todo lo de este país tiene “lo suyo”. Sin embargo, el dolor era ya tan insoportable que tuve que recurrir como sea a la opción dos.

Ya he mencionado que los hospitales chinos son bastante buenos para ser públicos. En Shenzhen al menos son modernos, la atención es oportuna y el precio económico. Esto, eso sí, considerando afecciones menores, como gripes, esguinces, dolencias estomacales, en fin. Pero si el asunto es más complicado y pasa a operación u hospitalización, ya es otra cosa y al respecto se cuentan muchos testimonios de excentricidades y “cantinfleos” hospitalarios que es mejor evitar.

De esta forma, acompañado de mi siempre linda esposa llegamos al centro más cercano, el recién inaugurado Shekou People Hospital. Lo primero que había que hac 
 
er era indicar y pagar  la consulta que uno necesitaba en una ventanilla, en mi caso atención de un Otorrino. Allí además, te entregan una libretita que en el futuro siempre debes portar y contendrá tu historial médico. No deja de ser sorprendente y amigable que un extranjero sea tan bien acogido en el sistema como cualquier nacional, hay cero discriminación al respecto. Y a esto hay que agregar que el estrés idiomático siempre es superado por alguien del mismo hospital o pacientes que se acercan de pura buena voluntad a ayudar.

Luego nos dirigimos donde el doctor en cuestión y aquí ya comenzaron ciertos choques culturales. Llegamos  a una consulta rodeada de decenas de personas que custodiaban la puerta. No había número, llamado, ni orden de llegada, la gente se metía no más. El más vivo se colaba más rápido e incluso cuando estaban atendiendo a un paciente, la gente llegaba, abría la puerta y comenzaba indiferente a hablarle al doctor de sus propias dolencias. Al principio, se reacciona desconcertado esperando que los individuos tomen conciencia civilizatoria y el mundo se adapte a uno. Sin embargo en circunstancias como ésta, debemos asumir que éste es otro planeta y “en Roma, haz como los romanos”. Así, cuando llegamos, nos metimos como todos y cuando entramos la Patty cerró la oficina y puso convenientemente el pie en la puerta para que nadie pudiese pasar ¡Grande mi chica!!!!

El facultativo revisó mi oído con el instrumento pertinente y como sólo hablaba chino se limitó a decir “Bu Hao” o sea la oreja estaba pestilentemente infectada, por lo que me mandaron a la sala contigua con otro médico a hacerme  un tratamiento X. Afuera de dicha sala también funcionaba el sistema de acecho hospitalario pero con una variante remarcable, todos mis competidores y los que salían del lugar lucían molda-dientes en las narices. Al parecer ese especialista por una insondable razón acupunturista, a paciente que entraba le clavaba un palito en cada fosa nasal. Eso naturalmente me puso nervioso y, por cierto, agradecí no haber tenido hora al proctólogo.

Finalmente, logramos entrar y como lo mío era oído me salvé de la perforación. Más aun, todo era muy moderno partiendo con que este doctor sí hablaba inglés y me pudo explicar que tenía un problema muy severo y que me aplicaría una profunda limpieza de oído. Me acosté en una camilla y con una máquina tipo “ecógrafo”  con video incluido, fue limpiando de porquerías todo mi canal auditivo. Me indicó en una receta los remedios que debía tomar y para finalizar me dijo que ahora me correspondía –como es natural-  mi sesión en la sala de láser.

La sala de laser es uno de los lugares más importantes de un hospital chino. Un reciento que fácil debe albergar unas cincuenta personas a cada una de las cuales se le asigna una máquina de tratamiento de led laser para auto-terapia. Me explico: el que tenía antes un molda-dientes en la nariz, ahora debía introducirse una especie de dedo pequeño rojo que le iluminaba la cara como si fuera un “espanta-cuco”. En mi caso, me correspondió ponerme el aparatito en el oído afectado. Fueron 30 minutos “laser-éandome” según la indicación médica. Nadie, pero nadie, se salvaba del penetrante rayo rojo, era de suyo elemental que después del otorrino venía el laser.

Tras esta experiencia,  he preguntado a algunos médicos chilenos y occidentales cuál es el sentido del auto-laser en el tratamiento otorrinolaringológico y me creen loco y  dicen que esto sólo ocurrió en mi imaginación. Lo paradojal es que muchas curiosidades de salud en estas tierras tienen que ver con el enfoque de la medicina china milenaria, pero claramente en la época de la dinastía Ming no existían estas lucecitas. Descartemos que el director del hospital pueda ser un maestro JEDI – por muy inter-planetario que parezca este país. Simplemente, no tiene sentido.

Para terminar me dieron los remedios en el mismo hospital a un precio muy barato. Por un lado me prescribieron antibióticos y por otro, medicina china; o sea hacen un mix de las dos corrientes terapéuticas. Las pastillas chinas son unas cafés con olor muy malo. Bilis de víbora, algas disecadas, plantas medicinales u otras muy comunes en sus compuestos. En esto yo soy exagerado y respetando mucho su rica cultura, no me tomo esas pastillas por nada.

Pues bien, más o menos me mejoré y sobreviví una vez más a mis circunstancias de expatriado en China.
 
 
Niño con moldadientes en la Nariz
 
Su servidor en la gloriosa sala de laser
 
 
 

lunes, 24 de marzo de 2014

Varados en Filipinas Parte 2


Volviendo al relato, le pregunté al guardia que podía hacer, tenía reserva de hotel en Boracay  y qué se hacía en estos casos. Me respondió que la poca capacidad hotelera del poblado estaba rebasada y que mejor fuera a hablar con una de las chicas  de un mesón de turismo local que se movían de un lado para otro, respondiendo mil preguntas y reclamos de la multitud. Ya eran como las 22:00 y veía cómo mucha gente se iba recostando en el suelo para pasar la noche en el hacinamiento total, maldije no haberle creído a las tipas de Kalibo y al menos habernos quedado en esa ciudad que era más poblada y no en esta que fuera del Jeti Port casi no existía. Pregunté a una de las muchachas que podía hacer “lo siento señor, la autoridad cerró el paso a Boracay, recién mañana se sabrá si lo vuelven a abrir”. Le pregunté si entonces efectivamente al otro día lo abrirían “lo siento señor, no lo sabemos pero el tifón golpearía por tres días”. TREEEEEEEESSSSSSS DIAAAAAASSSSS, durmiendo en la pinche estación de ferrys con un mísero baño que ya olía a chanchería. Quedé pálido, las postales de Internet de la paradisiaca Boracay se me derretían en la mente.

En esas circunstancias límites en los seres humanos afloran nuestras grandezas y miserias escondidas. Yo elegí la miseria, me volví un energúmeno, empecé a correr a la gente que se querían acercar a pedir información casi a codazos. Sin importar si iban con o sin guagua o fueran abuelitos con falta de insulina quería que nos solucionaran el problema sólo a nosotros. Le rogué a la muchacha que nos consiguiera un lugar al menos donde dormir, me debe haber visto cara de serial killer porque agarró una lista, tachó a alguien que por turno le correspondía y me dijo que esperara un momento que haría unas llamadas y buscaría por si a caso donde quedarnos. Al rato, el milagro,  volvió y nos dijo que había encontrado una pieza para quedarnos en el pueblo los cuatro pero que sólo era una pieza de dos camas y que si lo tomábamos debíamos acomodarnos donde sea. Miré hacia afuera y seguían llegando buses del aeropuerto de desafortunados turistas. El sitio estaba colapsado por todos lados. “Sí, acepto”.

La chica súper amable nos ayudó a salir del “campo de refugiados”,  nos paró un Tuk-Tuk (moto con carrocería colorida famosa en Asia) subimos las 4 maletas hasta en el techo del débil vehículo y nos subimos como fuera los cuatro más la niña colgando y nos fuimos al hotel. El Andrés, mi hijo de diez años que le gusta mucho la buena vida, cándido me preguntó “¿Cuántas estrellas tendrá nuestro hotel”? “Hijo, con suerte tendrá la punta de una estrella, hay que ir dispuesto a cualquier cosa”- le respondí.

Siendo ya como las 23:00 horas y luego de avanzar varias calles hacia dentro del pueblito, el Tuk-Tuk nos dejó en el “Candice Lucy Hotel”. Un modesto local de material ligero de dos pisos que en el primero albergaba una tienda de venta de arroz al por mayor y en el segundo, un mini hotel. Tenía apenas cuatro habitaciones y era atendido súper amablemente por los mismos del arroz. Nuestra expectativa era bastante baja, pero al abrir la puerta de la habitación estaba híper decente, con aire acondicionado, una ducha pequeñita, súper limpio todo, una tv hasta con cable e incluso Wi Fi. Grata sorpresa. Obvio que el espacio era pequeñísimo para los cuatro, pero como emergencia estaba inmejorable. Además costaba como USD 30 la noche. ¡Nada!!! Las personas de la “administración”, como toda la gente de Filipinas, nos atendieron de maravilla y nos hicieron unos improvisados sándwich para paliar el hecho que ni habíamos cenado.

De noche dormimos perfecto entre cama y colchonetas con la ilusión de poder partir a las verdaderas vacaciones en la mañana. Sin embargo al despertar, el problema se asomó por las ventanas, afuera el bendito tifón había llegado en plenitud.

Tomamos desayuno, o sea dado los recursos limitados del entorno lo mismo que la comida –y claramente ad eternum lo que degustaríamos si nos quedábamos más días-  y además aprendimos que Filipinas era un país con alta inflación; los sándwich habían subido bastante en relación a la noche anterior. Preguntamos a los muchachos arroceros si sabían algo de la apertura del puerto y nos dijeron que aun estaba cerrado y que el mal tiempo demoraría muchos días.

Nos duchamos y partimos con el Ale –mi hijo grande de catorce- con paraguas e impermeable a ver qué pasaba en el puerto. Aprovechamos de conocer con luz el pueblo y sus remarcables sitios de interés: dos calles modestas –no pobres- de estilo asiático, con harto Tuk Tuk multicolor,  mucho barro, tiendas de venta de pollo frito y nada, pero nada más. Al llegar esa mañana al Jeti Port habían arribado infinidad de nuevos buses, todo cada vez peor, el asunto logísticamente era un desastre. Entramos y me acerqué a preguntar al mesón de turismo, me dijeron que la autoridad marina daría un nuevo informe a las 14:00 pero que no se sabía nada.

Al volver pedimos almuerzos -más sándwich de lo mismo- que seguían afectados por la subida de los precios alocada de Caticlan. A esa altura ya no salían tan baratos. Al mismo tiempo los del hotel nos decían que el diluvio estilo Noé jamás amainaría, el puerto de ferrys se cerraría para siempre y que nos quedáramos mejor a vivir en su hotel. El machete al turista es una práctica universal.

Finalmente, antes de las 14:00 de milagro el tiempo mejoró y partimos presurosos al puerto, seguía lloviendo aunque suavemente. Comparado con el día anterior eran unas condiciones meteorológicas muchísimo más complicadas pero la marea humana no daba para precauciones había que despachar a los miles de extranjeros que ya multiplicaban por varias la población total del poblado y quizás la región completa. Nos apuramos para llegar al “Candice Lucy”, pagamos,  aplicar Tuk Tuk,  llegada al Jeti Port. Había una cola interminable para abordar. Cualquier bote servía para meter gente y sacarlos de Caticlan (poco menos que lanzaban con neumáticos a la gente al agua para que nadara) y tomamos un catamarán que en menos de 15 minutos nos dejó en Boracay.

Así concluyó nuestra aventura. A pesar de toda la lata, perder un día de hotel y lo poco agraciado del sector fue una experiencia notable y, con todo, nunca perdimos el ánimo y el buen humor.